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EL NEOLIBERALISMO CUESTIONADO
Revista Global, Volumen
2-No. 6- Julio/Septiembre 2005
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Es un hecho sin
discusión entre científicos sociales
y entre dirigentes y activistas políticos
el fracaso del programa neoliberal para el desarrollo
económico, social, político y cultural
ofrecido (e impuesto) al mundo por el “Consenso
de Washington”.
Los principales gestores y defendores del contenido
de ese “consenso”, incluyendo a John
Williamson, quien así lo bautizó,
aceptar hoy en día que éste no
previó el significado de las instituciones
en el desenvolvimiento de la economía
y que no dio el más mínimo valor
a la política social.
“Era una agenda incompleta” es
la fórmula que ellos, sus autores y promotores,
utilizan para autocriticarse por los pésimos
resultados de las reformas empaquetadas en la
capital de los Estados Unidos de América.
Con esa expresión tratan de velar, de
reducir a lo menos, las consecuencias de su “error”,
error que no es sólo de imprevisión
intelectual, académica o técnica,
y que ha afectado tremendamente las vidas de
miles y miles de personas.
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Así tratan de embozar que las reformas de mercado
han producido serias dificultades socioeconómicas
y políticas y que bajo ellas se han destapado
las así llamadas “patologías globales”,
con las cuales la humanidad tiene que bregar si se
quiere que su futuro sea mejor que su presente.
Es muy difícil negar que esas reformas han
producido el pobre desempeño económico
y el deterioro distributivo exhibidos en las últimas
décadas por la mayoría de los países
periféricos, pues esas realidades están
validadas por datos provenientes de organizaciones
internacionales, como la CEPAL y el PNUD, y por instituciones
financieras mundiales y regionales, como el Banco Mundial,
el Banco Interamericano de Desarrollo y el mismo Fondo
Monetario Internacional.
Es bajo la puesta en marcha de las reformas encomendadas
por el “Consenso de Washington” cuando
surgen importantes movimientos sociales que en más
de un país de América Latina y del resto
de la periferia mundial ha puesto a tambalear la así llamada
gobernabilidad democrática. Y ese mismo manto
fue el que cubrió la conversión en globales
de aberraciones como el narcotráfico, el armamentismo,
la corrupción y la violencia y la delincuencia
ciudadanas.
El cuestionamiento al neoliberalismo se organiza y
emite estudios, declaraciones, en fin, en propuestas
que en muchos casos coliden con las que levanta esa
ideología. Así hay que pensar de las
diferentes cumbres organizadas por las Naciones Unidas,
de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, del “Consenso
de Barcelona” y de los esfuerzos de cincos años
de estudios y debates de los ex presidentes latinoamericanos
y caribeños que concluyeron recientemente en
Cartagena de Indias.
Este fracaso del liberalismo en su versión
postmoderna, no sólo afecta a las propuestas
concretas que se concertaron en la capital estadounidense,
sino también a todo el edificio ideológico
que lo constituye y cuya versión actual más
conocida (y ahora más errática) son las
obras de Francis Fukuyama.
Y esta situación, como era de esperar, ha dado
de nuevo fuerza a propuestas o a parte de ellas que
tuvieron vigencia en el pasado. Se vuelve hablar del
Estado y de la conveniencia de su intervención
en la economía para evitar situaciones de desigualdades
sociales tan anti-éticas como las que se viven.
En realidad, una mirada profunda a las últimas
décadas permite afirmar que el tema entre Estado
y economía no es si aquel debe o no intervenir
en ésta, sino en qué sentido debe intervenir,
entendiéndose esto como a qué sectores
(y cómo) debe favorecer su intervención.
Y, finalmente, de toda esta costosa historia para
la humanidad iniciada en Washington, se desprenden
dos viejas (y muy sabias) verdades de la filosofía
política universal: que no existe una sola vía
para el desarrollo de las naciones y que son los ciudadanos
los que ostentan el derecho a escoger los sistemas
económicos y sociales que prefieren.
Ojalá en el futuro estas dos sentencias no
vuelvan a olvidarse.
Carlos Dore Cabral
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