Hasta ese momento, representación
social de la integración de la inmigración
de origen europeo fue siempre la de la promoción
social de una generación a otra. América
del Norte se pensó siempre como una sociedad
en permanente cambio, donde las posibilidades de los
inmigrantes fueron generalmente idealizadas.
Nuevos acontecimientos vinieron, sin
embargo, a cuestionar esta representación. En
efecto, el resurgimiento de la movilización étnica
de generaciones de inmigrantes de origen eslavo y mediterráneo
y el movimiento por los derechos civiles de los negros
evidenciaron que la etnicidad era mucho más
persistente de lo que inicialmente habían pensado
los primeros sociólogos que estudiaron las condiciones
de vida y el porvenir de los inmigrantes (R. E. Park
et E. W. Burguess, “Introduction of the Science
of Sociology”, Chicago, University of Chicago
Press, 1921).
Más aún, otros investigadores
(N. Glazer et D. P. “Moyniham, Beyond the Melting
Pot: The Negroes, Puerto Ricans, Jews, Italians and
Irish of New York City”, N. Y. M.I.T. Press,
1963) constatan que la etnicidad se había convertido
incluso en una categoría más importante
que la clase social, que ésta era más
utilizada en la lucha por el poder, por la asignación
de recursos y el estatus.
Este resurgimiento de la etnicidad
forzó a un cambio de modelo, que si bien hizo
su prueba en el caso de las generaciones de origen
eslavo y mediterráneo, no lo ha hecho en el
caso de los hijos de los inmigrantes no europeos, que
comenzaron a llegar a América a partir de 1965.
Desde principios de 1980, los hijos
de los inmigrantes asiáticos, africanos, latinoamericanos
y caribeños, comenzaron a estar listos para
entrar al mercado de trabajo, pero su porvenir está lejos
de ser el de la promoción social y de la final
asimilación a la sociedad norteamericana (ver
los trabajos de H. Gans, Second Generation Decline: “Scenarios
for the Economic and Ethnic Future of the post 1965
American Immigrations, Ethnic and Racial Studies”,
vol. 15, no. 2, 1992, pp. 173-192).
Esta nueva inmigración, mucho
más diversificada desde el punto vista racial
y étnica, ve hoy reducidas sus posibilidades
de promoción social y tendrá, sin duda,
mucha más dificultad para fundirse en la mayoría
que los hijos y nietos de italianos, griegos y portugueses.
El nuevo modelo que se impone luego
de este resurgimiento de la etnicidad, si bien ha permitido
a generaciones de inmigrantes su integración
a la sociedad norteamericana, vía los enclaves étnicos
que ha contribuido a reforzar, está hoy asistiendo
al mismo tiempo a la marginalización de muchos
miembros de esta nueva inmigración.
Multiculturalismo canadiense
En cuanto al multiculturalismo canadiense,
que tiene bastante similitudes con el resurgimiento
de la etnicidad en Estados Unidos (los dos se desarrollan
en el curso de los años sesenta, en respuesta
a cambios sociales y políticos que se operan
en ambos países), tiene la particularidad de
que el reconocimiento de esta etnicidad se hace dentro
de una sociedad en principio bicultural.
Los trabajos de la Comisión
Real del Bilingüismo y Multiculturalismo, establecida
por el gobierno de Pearson en 1963, colocaron en el
centro del debate la siguiente cuestión: “Si
reconocemos a los canadienses franceses el derecho
de preservar su cultura y su identidad, ¿porque
no reconocer esos mismos derechos a otros grupos?” Es
en respuesta a esta cuestión que el gobierno
de Trudeau introduce en 1971 la política del
multiculturalismo. Obviando, de esta forma, que los
canadienses franceses, a diferencia de los diferentes
grupos de inmigrantes, son uno de los pueblos fundadores
del país. Es evidente el deliberado propósito
de esta política de debilitar a Québec,
vía el fortalecimiento de la presencia inmigrante.
Desde esa época, la influencia
del multiculturalismo, tanto como ideología
como paradigma científico, no cesa de crecer
en Canadá. En esta perspectiva se han realizado
grandes estudios. El primero de ellos, el de la Metropolitan
Toronto Sample Survey (ver A. Richmond, “Ethic
Residential Segregation in Metropolitan Toronto, Toronto,
York University, Institute for Behavioral Research”,
1972), fue realizado ente 1969 y 1970, a partir de
una muestra representativa de hogares eslavos, judíos
e italianos del Toronto metropolitano.
Si bien los resultados de este estudio
revelan una tendencia progresiva a la asimilación
en las diferentes generaciones de inmigrantes de los
tres grupos considerados en lo que concierne el lugar
de residencia, lengua de uso, características
de la red de amigos y matrimonios interétnicos,
otro estudio posterior sobre la persistencia de la
etnicidad en las diferentes generaciones de inmigrantes,
realizado por R. Breton y otros autores (ver R. Breton
, W.W. Isajiw, W.E. Kalbach y J. G. Reitz, Ethnicity
and Equality: “Varieties of Experience in a Canadian
City”, Toronto, University of Toronto Press,
1990), que aborda siete grupos étnicos diferentes
de la ciudad de Toronto (cuatro grupos pertenecientes
a antiguas migraciones, alemanes, italianos, judíos
y ucranianos, y tres grupos de inmigración reciente,
chinos, portugueses y antillanos) arroja resultados
diferentes.
El primer grupo muestra un alto grado
de integración a la sociedad receptora en todas
las dimensiones consideradas (remuneración,
percepción de aceptación de los vecinos
y de la sociedad en general, etc.), pero esto no es
siempre el caso del segundo grupo.
Al igual que en el Canadá inglés,
también en Québec se desarrolló un
modelo de nación que reposó, a pesar
de los particularismos, en la misma visión de
homogeneidad nacional, que no reconocerá más
que el carácter bilingüe y bicultural del
Estado nación (Québec).
El abandono de una visión esencialista
de la nación, que excluye al extranjero, llega
a Québec con un cierto retardo. No es hasta
principios de los años ochenta que Québec
se compromete, a pesar de la oposición a la
política canadiense de multiculturalismo, a
implementar una política de reconocimiento del
particularismo, pero insistiendo sobre todo en la necesidad
de integración de esta diversidad.
Es así que se desarrolla el
interculturalismo, contrapartida del multiculturalismo
canadiense que insiste sobre todo en la integración
dinámica entres las minorías y la mayoría
y en el desarrollo de capacidades que permitan a los
individuos sobrepasar las fronteras de su propia cultura.
Con la creación del Ministerio
de Comunidades Culturales y de la Inmigración,
en 1981, se produce en Québec un significativo
desarrollo de la investigación sobre la cuestión étnica.
Entre esos estudios es particularmente interesante
el de Anne Laperriere (“Relations interethniques
et tensions identitaires en contexte pluriculturel »,
Santé Mentale au Québec, vol. XVII, no.
2 (1992). Pp. 133-156), el cual aborda grupos de jóvenes
italianos y haitianos que frecuentan escuelas de barrios
multiétnicos de la ciudad de Montreal.
Los datos de este estudio revelan
que los jóvenes italianos no viven tensiones
identitarias intensas; no así los jóvenes
haitianos, para quienes la construcción de la
identidad es una tarea mucho más ardua. Estos
jóvenes viven intensas tensiones provocadas
esencialmente por racismo de la sociedad banca que
afecta la imagen que ellos se forman de sí mismo.
Ideología nacional unitaria
Del otro lado del Atlántico, donde otras perspectivas han orientado
el tratamiento de la inmigración y de la etnicidad, los resultados no
son más alentadores. Francia, que se ha pensado siempre como una nación
de inmigrantes, durante mucho tiempo ignoró a éstos. La existencia
de una ideología nacional unitaria, a la cual han contribuido los historiadores,
es uno de los principales elementos a la base de esta actitud.
Desde las primeras olas migratorias
del siglo XIX, el Estado francés adoptó una
política asimilacionista. Pero en una sociedad
donde no se reconoce el rol de la inmigración
en la constitución de la nación, esta
política no tiene nada que ver con el “melting
pot” americano. En este contexto, la noción
de asimilación toma otra connotación,
asociada al periodo colonial y, por consiguiente, es
una connotación mucho más negativa que
en América del Norte.
Este esquema, que a juzgar por las
investigaciones de Oriol y Campani y Catani (ver M.
Oriol, “Les variations de l’identité :
Etude de l’évolution de l’identité culturelle
des enfants d’immigrés portugais en France
et au Portugal”, Université de Nice, IDERIC,
VOL. II, 1988 y G. Campani y Catani, “Les réseaux
associatifs italiens en France et les jeunes”,
Revue européenne des migrations internationales,
vol. I, no. 2, 1985), no parece haber sido cuestionado
por los inmigrantes de origen europeos, particularmente
portugueses e italianos, pero sí por los nuevos
inmigrantes de origen árabe y africano.
Mientras Oriol, en su investigación
sobre la identidad nacional y/o cultural de los jóvenes
portugueses, constata que nada, ni en sus observaciones
ni en su discurso, permite pensar que la “doble
pertenencia” que expresan los jóvenes
objetos de su estudio los expone a conflictos o problemas
sicológicos, los jóvenes de origen magrebí estudiados
por Malewska-Peyre (H. Malewska-Peyre et coll : « Crise
d’ídentité et déviance chez
les jeunes immigrés, París, La documentation
française, 1982) no viven siempre esta “doble
pertenencia” de la manera confortable y no dramática
observada por Oriol y Campani y Catani.
Éstos, minoría racial
y culturalmente visible y generalmente pertenecientes
a las clases desfavorecidas, están más
expuestos al racismo y con frecuencia terminan interiorizando
las etiquetas asignadas por la mayoría blanca.
Los resultados de estas investigaciones
datan de principios los años ochenta, pero el
modelo de integración francés, basado
en un universalismo que rechaza las diferencias -lo
que quedó una vez más evidenciado cuando
se prohibió en las escuelas el manto islámico
y otros símbolos de afiliación religiosa-,
permanece inalterable.
Alain Touraine (« Les français
piégés par leur moi national »,
Le Monde, 7-11-05) ha planteado con justeza que este
esquema, que rechaza el comunitarismo y refuerza la
ciudadanía, tiene el inconveniente de que fortalece
el empequeñecimiento de aquellos que son diferentes
y propone que este rechazo al comunitarismo debe asociarse
a un cierto reconocimiento de las diferencias.
El planteamiento es a simple vista
correcto. La dificultad está en su implementación.
El reconocimiento de las diferencias, una vez trasladadas
al plano social, implica el reconocimiento de las instituciones
económicas, políticas, sociales y culturales
necesarias para la reproducción de esas diferencias
y esto es nada menos que un reforzamiento del comunistarismo
que tradicionalmente ha rechazado la sociedad francesa.
El tema es complejo. Una de las lecciones
que podemos sacar de las recientes protestas- para
muchos inimaginables en el contexto francés-
es la urgente necesidad de adecuar los actuales modelos
de integración a las exigencias de esta nueva
inmigración. He aquí un tema para la
agenda de investigación de las Ciencias Sociales.
*El autor es sociólogo; actualmente
ocupa el cargo de Ministro Consejero de la
Delegación Permanente de la República Dominicana ante la UNESCO,
París.
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