|
"¿Estamos Realmente en el
2001?"
En estos días nos
felicitamos no sólo por la llegada de un nuevo año, sino lo que
es más aún, por la llegada de un nuevo siglo y un nuevo milenio.
Pero cuando nos ponemos
a reflexionar de manera más atenta, surgen las siguientes
interrogantes: ¿Hemos realmente pasado a un nuevo siglo y
a un nuevo milenio? ¿En verdad hemos entrado al siglo XXI? ¿Quién
ha determinado que así sea?
La respuesta a estas
interrrogantes nos conduce al fenómeno del tiempo y al cómo se mide.
Sabemos que el instrumento
o la herramienta que se emplea para medir el tiempo es el calendario,
y que éste, a través de los siglos, se ha estructurado en base a
los movimientos de la Tierra, el Sol y la Luna.
El tiempo, por consiguiente,
se mide a través de criterios astronómicos, o por lo menos así fue
hasta que se introdujeron sistemas alternativos basados en el electromagnetismo
y la física atómica.
El día se determina
por el movimiento de rotación de la Tierra alrededor de una línea
imaginaria que se llama eje, para lo cual se toma algo menos de
24 horas.
El mes se calcula
por las fases de la luna, o de manera más precisa, por el tiempo
que transcurre entre dos lunas llenas; y el año se refiere al movimiento,
en forma de órbita, de la Tierra alrededor del Sol, lo cual se realiza
en 365.25 días.
Por necesidades religiosas,
económicas o de otra índole, los seres humanos, desde tiempos inmemoriales,
han querido tener un registro de esos movimientos astronómicos,
para emplearlos de la mejor manera en su provecho.
De ahí nacen los calendarios,
de los cuales ha habido una enorme cantidad. Hemos contado con el
calendario azteca, el maya, el egipcio, el babilonio, el hebreo,
el chino, el hindú, el juliano y el gregoriano, para sólo nombrar
algunos.
Entre cada uno de
esos calendarios ha habido significativas diferencias, y cada una
de esas diferencias ha constituido un cálculo distinto del
tiempo que en algunos casos ha representado centenares y miles de
años.
En el año 46 a.c.
Julio César observó que varios de los territorios bajo control de
Roma empleaban diferentes calendarios, por lo que ordenó que se
elaborase uno que fuese uniforme.
Fue ese calendario
el que introdujo el concepto de 365 días al año y un día adicional
cada cuatro años, o sea, el año bisiesto. Aportó los meses de julio
(en honor al propio Julio César) y agosto ( por César Augusto).
Pero se pudo comprobar
que el calendario juliano no era enteramente preciso. Cada ciertos
años se producía un adelanto en el tiempo que afectaba la celebración
de las festividades religiosas y las actividades económicas, por
lo que debía someterse a determinados ajustes.
Para corregir las
imperfecciones del calendario juliano, el Papa Gregorio XIII solicita
en el 1582 que se realice una reforma.
Esa reforma omitió el año bisiesto al término de un siglo, al menos
que pudiese dividirse por 400 (como es el caso del año 2000, que
al poder dividirse por esa cifra constituye un año bisiesto,
teniendo febrero 29 días), y escogió el nacimiento de Jesucristo
como origen del calendario.
El problema que se planteaba entonces era saber cuándo nació Jesucristo,
y eso resultaba controvertible en razón de que tanto en los evangelios
de San Mateo como de San Lucas, que es donde se narra su nacimiento,
no se precisa la fecha.
Se decidió fijar la fecha del nacimiento de Jesús en base a los
cálculos hechos por un investigador eclesiástico del siglo
VI llamado Dionisio el Exiguo.
Pero luego se descubrió que éste había cometido errores en determinar
la verdadera fecha del nacimiento del hijo de Dios, que no fue en
el año 1 sino en el –4, o en el año 4 antes de Cristo, por
lo que el calendario gregoriano quedaba viciado de origen.
Más aún, en los tiempos en que Dionisio el Exiguo proponía su fecha
errada del nacimiento de Jesucristo como punto de partida del calendario,
tampoco había forma de calcular o determinar lo que había ocurrido
con anterioridad a esa fecha.
La razón de esa dificultad se debía a que no existía el número negativo,
el cual sólo vino a aparecer en el mundo occidental en una época
tan cercana a nosotros como el siglo XVI.
Así, se podía calcular el 1, 2, 3, etc., pero no podía establecerse
el –1, -2, -3, sencillamente porque no existía. De esa manera, la
división cronológica de la historia en dos etapas, antes de Cristo
y después de Cristo, sólo pudo consagrarse con el tiempo, debido
a la falta de tradición en el manejo del número negativo.
El calendario gregoriano fue adoptado por los ingleses en 1752,
pero al hacerlo le añadieron once días. Con posterioridad, otros
países, como la antigua Unión Soviética y Grecia hicieron lo mismo.
Pero además del calendario gregoriano, conocido también como
el calendario cristiano, existen en la actualidad muchos otros calendarios
cuyas fechas no coinciden con el que sirve de base a nuestra cronología.
En el calendario chino, el año 2001 se corresponde con el
4636; en el calendario hindú, con el 1921; en el islámico, con el
1420; y en el judío, con el 5760.
De esa manera, con las inexactitudes comprobadas en los calendarios
juliano y gregoriano, y con la diversidad de calendarios actualmente
existentes, los cuales establecen fechas distintas a las que convencionalmente
empleamos en el mundo occidental, no vale la pena preguntarse: ¿Estamos
realmente en el 2001?
anterior |
próximo
|