"Los Estados Unidos y América
Latina
en una nueva era"
Conferencia de Abraham Lowenthal
Profesor de la Universidad Southern California
Presidente Emérito del Pacific Council for International
Policy
Fundación Global Democracia y Desarrollo (FUNGLODE)
1 de noviembre, 2005
Me siento muy honrado de
compartir con ustedes esta noche,
la celebración del 5to Aniversario
de la Fundación Global Democracia y Desarrollo.
Con admiración he seguido de cerca el desarrollo
de FUNGLODE, que ya no es solo un concepto, sino una
joven y vibrante institución. En mi condición
de organizador de instituciones y de nexo entre los
mundos de la reflexión y la acción, las
ideas y las decisiones, me permito saludar la visionaria
iniciativa del Presidente Leonel Fernández que
culminó con la creación de este centro,
y a Frederic Emam-Zade, Carlos Dore y su competente
personal, al hacer realidad esa visión.
Me resulta muy placentero estar de vuelta en Santo
Domingo y volver a ver las amistades que, con su inmejorable
hospitalidad y paciencia frente a mis numerosas preguntas,
lograron que mi estadía en este país,
entre 1964 y 1966, fuese tan grata.
Como muchos de ustedes saben, yo inicié mi
análisis acerca de las relaciones interamericanas
aquí, en la República Dominicana, primer
país del continente que visitaba, donde viví y
al que hice objeto de mi primer libro, sobre la intervención
norteamericana de abril de 1965. Permítaseme
dedicar un momento de recordación para aquellas
personas, que ya no viven y que tanto me ayudaron,
especialmente Don Tomas Pastoriza, quien en ese entonces
era el Presidente de la Asociación para el
Desarrollo de Santiago y Don Rafael Herrera, Director
del Listín Diario.
Se me ha pedido hacer algunas reflexiones acerca
del estado de las relaciones entre los Estados Unidos
y América Latina. Dados mis antecedentes aquí,
voy a comenzar por destacar algunos de los cambios
y continuidades importantes en esas relaciones durante
los últimos cuarenta años.
Volviendo atrás en el pensamiento, a mediados
de los años 60, antes que algunos de los presentes
nacieran, y cuando el resto éramos más
jóvenes, quiero enfatizar que ese período
estuvo caracterizado por la “hegemonía
de la arrogancia”, o sea, la idea de que los
Estados Unidos eran y tenían el derecho de serlo,
el poder incuestionable en el hemisferio occidental,
insistiendo en la solidaridad – para no decir
la sumisión- política, ideológica,
diplomática y económica, en toda la región.
Durante esos años, los Estados Unidos utilizaron
el poderío militar de los Marines y la 82
División aerotransportada, la participación
clandestina de la CIA, la consejería y tutela
de los agregados militares, la ayuda para el desarrollo
y a veces la imposición de la AID, las cuotas
azucareras y otras formas de influencia económica,
el activismo diplomático del Departamento
de Estado, fondos y asesoramiento a partidos políticos,
patrocinio público e información proveniente
de la Agencia de Información de los Estados
Unidos (USIA), no importa su alcance, con tal de
garantizar que partidos y líderes pro norteamericanos
fuesen dominantes en América Latina y el Caribe.
En los años 50, la CIA orquestó el derrocamiento
de Jacobo Arbenz en Guatemala. En los 60 se produjo
la invasión de Bahía de Cochinos y otros
intentos para derrocar a Fidel Castro. Igualmente el
respaldo norteamericano a quienes complotaban contra
Trujillo, demostraciones de fuerzas navales, promesas
de ayuda económica, amenazas de retirarla y
esfuerzos diplomáticos a favor del Consejo de
Estado y la realización de las primeras elecciones
libres en este país. También financiamiento
clandestino masivo para garantizar en Chile la elección
de Eduardo Frei y la derrota de Salvador Allende, sin
dejar de lado el activismo intervencionista en numerosos
otros países, ilustrado por los creíbles
informes de que, en un momento dado, la mayoría
de los miembros del comité central del Partido
Comunista de Ecuador ¡eran agentes o informantes
de la CIA!
En los años 70 se realizaron esfuerzos organizados
para evitar que tomara posesión de su cargo
el eventualmente electo Presidente Allende y una vez
que esto se produjo, se hizo lo posible para que este
fracasara. Estos son algunos ejemplos de la conducta
intervencionista norteamericana y que cubrió tanto
a Argentina, Brasil y Uruguay, como a Bolivia, Guyana
y Venezuela.
En ese período, lo prevaleciente era la rivalidad
de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y
la Unión Soviética y esto motivaba a
Washington para realizar extraordinarios esfuerzos
con tal de mantener a América Latina en su línea.
Lo que ocurrió aquí en abril de1965 y
las semanas y meses siguientes, era parte de una política
global latinoamericana de los Estados Unidos, aplicada
en Brasil y Bolivia, Argentina y Chile, Perú y
Venezuela, Ecuador y Colombia, América Central
y el Caribe, la República Dominicana y Haití,
siendo la excepción con México, donde
se aplicaba una variante distinta, dada la cooperación
con el PRI, lo que garantizaba estabilidad.
Esa tendencia marcadamente intervencionista de los
Estados Unidos en América Latina y el Caribe,
tuvo su clímax hace cuarenta años, pero
no terminó ni rápida ni fácilmente.
La misma sirvió de contexto al papel jugado
en Chile en los años 70 y luego al enfoque hacia
América Central y el Caribe de la administración
Reagan en los 80, en Nicaragua, El Salvador, Grenada
y otros lugares.
Esta actitud norteamericana persistió incluso
cuando comenzó a debilitarse la Guerra Fría
y cuando tanto los cambios en la geopolítica
y las tecnologías militares debilitaron la
importancia del Canal de Panamá y las vías
marítimas de comunicación. En los años
80, no era fácil determinar por qué el
liderazgo norteamericano consideraba todavía
importante mantener un fuerte control sobre Grenada,
El Salvador y Nicaragua, pero el caso es que Washington
seguía implementando políticas altamente
intervencionistas.
En mi opinión, estas actitudes no estaban condicionadas,
como ellos decían, tanto por consideraciones
de “seguridad nacional”, como por razones
de “inseguridad nacional”, es decir, un
impulso psicológico-político que se expresaba
en: temor de perder el control de los que antes los
Estados Unidos controlaba y consideraba lógico
que controlara, a saber, los arreglos internos y los
lazos externos en los países alrededor de la
región del Caribe. Esto reflejaba la inercia
en la transferencia de actitudes y políticas
formadas en otra era, ya no apropiadas si es que alguna
vez lo fueron.
Un punto neurálgico para sucesivas administraciones
norteamericanas lo era Fidel Castro en Cuba, a apenas
90 millas de la Florida, pero quien, con éxito,
desafiaba a los Estados Unidos y se mantenía
fuera de su órbita, en términos económicos,
políticos, culturales y en lo que se refiere
a seguridad y relaciones internacionales. Cuba era
una preocupación norteamericana por razones
de geopolítica, económicas e ideológicas,
pero sobre todo porque ese país desafiaba la
supremacía norteamericana en las Américas.
El simbolismo de Cuba, mucho más que una real
amenaza, convertía a ese país en problema
permanente. La determinación de Washington,
de no permitir “una segunda Cuba”, fue
uno de los principios cardinales de la política
de Estados Unidos, sirvió de marco al enfoque
norteamericano de Santo Domingo en los años
60 y todavía afecta la política norteamericana
hacia Venezuela hoy.
En contraste con lo que eran las relaciones entre
Estados Unidos y América Latina al momento
de la invasión norteamericana a Santo Domingo
en 1965, demos un rápido vistazo hacia delante,
para sintetizar lo que son hoy esas relaciones.
Quiero presentar 10 observaciones acerca de las relaciones
contemporáneas en el hemisferio occidental.
1. El elemento central en las relaciones interamericanas
sigue siendo la enorme desigualdad de poder entre
los Estados Unidos y cada uno de los países
de las Américas. Persiste un notable desequilibrio
en cuanto al poder militar, económico, tecnológico
e institucional. Los Estados Unidos son mucho más
importantes para cada país latinoamericano
que ninguno de estos lo es para Estados Unidos.
Muchas cuestiones que son de vital importancia para
la América Latina –ya sean reglas comerciales,
financieras o de gerencia- son determinadas por protagonistas
o consideraciones externas, provenientes de Estados
Unidos, pero también de Europa y Asia. Políticas
que son decisivas para el futuro latinoamericano, generalmente
son forjadas en otros lugares y su impacto en América
Latina es más residual que intencional. En numerosas
cuestiones, los latinoamericanos siguen siendo muy
vulnerables a acontecimientos, tendencias y decisiones
de carácter exógeno. Esa vulnerabilidad
queda ilustrada, incluso en el caso de los países
más grandes del continente, por el impacto que
sobre Brasil tuvo la crisis financiera rusa de mediados
de los 90.
Vistas así las cosas, es difícil exagerar
en torno a la cantidad de cuestiones y relaciones que
compiten con América Latina, para llamar la
atención de quienes principalmente formulan
políticas en los Estados Unidos. Lo cierto es
que América Latina apenas les preocupa y eso
no cambiará. Los frecuentes llamados a esos
especialistas para que “presten mayor atención” a
América Latina, caen en el vacío y la única
esperanza es mejorar la calidad del ligero interés
por el continente.
2. En sus tratos con América Latina, los Estados
Unidos nunca fueron ese actor coherente, unitario y
racional que a menudo se describe en los países
del Sur, pero su pluralismo se ha acentuado en los últimos
años. Los intereses de los variados componentes
de la sociedad norteamericana son dispersos y a menudo
contradictorios. Las políticas norteamericanas
que afectan a América Latina están determinadas
por la interacción de influencias provenientes
de regiones, grupos y sectores diferentes: el cinturón
industrial (estados entre Chicago y Nueva York) y el
cinturón soleado (estados del sur y suroeste);
los negocios y los sindicatos; cultivadores, trabajadores
agrícolas y consumidores; organizaciones de
inmigrantes y cabilderos anti-inmigrantes; organizaciones étnicas
y diásporas; gente de iglesias de variadas convicciones,
fundaciones, centros de pensamiento (think tanks) y
la prensa; organizaciones criminales y la policía,
así como grupos formados para la promoción
de los derechos humanos, de la mujer, protección
del ambiente y preservación de la salud pública.
En el difuso y permeable proceso político norteamericano,
hay muchos actores importantes que tienen acceso a
quienes elaboran políticas. Esa característica
hace que la política norteamericana sea relativamente
influenciable, pero difícil de coordinar o controlar,
incluso cuando se hacen esfuerzos concertados en un
sentido determinado, lo que no es muy frecuente, ni
lo será, dado que Estados Unidos está involucrado
en demasiadas cuestiones.
3. Ha crecido la relativa importancia de los actores
privados en lo que se refiere a las relaciones interamericanas –corporaciones,
sindicatos, centros de pensamientos, la prensa y
las ONG, incluyendo las étnicas, comunitarias
y religiosas-, mientras que se ha reducido el alcance
e influencia de los gobiernos nacionales, incluyendo
el norteamericano.
En la práctica, en América Latina hoy
son mucho más importantes Microsoft y Walmart,
que los Marines norteamericanos. Tienen mucha mayor
importancia American Airlines y United Airlines que
la 82 División aerotransportada. Asimismo, es
mayor la influencia de la CNN y la Bloomberg Wire,
que la Voz de los Estados Unidos de América.
La compañía de seguros AIG es más
importante que la AID y en numerosas circunstancias,
la organización Human Rights Watch es más
poderosa que el Pentágono, aún este último
haya recuperado últimamente parte de su peso.
Moody y TIAA-CREF a menudo tienen mayor influencia
que la CIA, y el Foro Económico de Davos, que
es una organización privada, es más fundamental
que la OEA. Esta es la realidad, de la que rara vez
se habla, pero no por ello menos cierta. Contribuye
a hacer más importante el impacto de Estados
Unidos sobre los países de América Latina
y el Caribe, pero más difícil de controlar
o dirigir.
4. A su vez, en lo que se refiere a la indudable y
permanente influencia de los gobiernos, ha cambiado
significativamente en las últimas décadas
el poder relativo de los diferentes componentes que,
dentro del aparato gubernamental norteamericano, se
ocupa de las relaciones interamericanas. Así,
para América Latina hoy, o por lo menos para
ciertos países, el Secretario del Tesoro es
mucho más importante que el Secretario de Estado
o el jefe de la CIA. También es muy importante
el Representante del Presidente para cuestiones comerciales.
Tienen mucho mayor peso los gobernadores de California,
Texas o la Florida que muchos funcionarios de Washington.
A menudo es mayor la importancia de los jefes de las
agencias de Seguridad nacional, de combate a las drogas
o representantes federales de la justicia, que la del
Subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos.
Para la mayoría de los países latinoamericanos,
en numerosos casos el Congreso norteamericano es al
menos tan importante como la Casa Blanca –a veces
más- ya que el Congreso es más permeable
a la diversidad de impulsos colectivos que el poder
ejecutivo. Para un país latinoamericano, como
la República Dominicana, obtener mejores resultados
del proceso político norteamericano, es obviamente
un gran reto. Se dice que en los años 50, el
embajador boliviano en Estados Unidos contribuía
a estructurar la política norteamericana hacia
su país, mientras jugaba golf con el Presidente
Eisenhower. La función del embajador de Bolivia
o de la República Dominicana hoy es mucho más
complicada.
5. La América Latina también necesita
cierta desagregación. Los países de América
Latina y el Caribe difieren enormemente unos de otros.
Así, las diferencias son tan marcadas entre
Argentina y Haití, Perú y Panamá o
la República Dominicana y Chile, como lo son
entre Suecia y Turquía o Australia e Indonesia.
Pero esas duraderas diferencias internas en América
Latina siguen creciendo, particularmente en cuatro
dimensiones: por la naturaleza y el grado de interdependencia
económica y demográfica con los Estados
Unidos; el nivel en el cual algunos países han
integrado sus economías a la competencia internacional
y las formas en que se relacionan con la economía
mundial; la capacidad relativa de sus instituciones
estatales y; la solidez de sus normas y prácticas
democráticas. En este momento, la creciente
diferenciación a lo largo de esas cuatro dimensiones,
hace que el término “América Latina” sea
de dudosa utilidad. Probablemente es tan esclarecedor
como confuso. En realidad, ya los Estados Unidos no
adoptan ni aplican una “política latinoamericana” común
para toda la región.
6. Para comprender las relaciones interamericanas
en el día de hoy, se debe, por lo menos, distinguir
cinco grandes regiones: México, América
Central, las islas del Caribe, las naciones del MERCOSUR
y los países andinos.
México, América Central y el Caribe – en
gran medida estas son tres regiones separadas- juntos,
constituyen únicamente un tercio de la población
total de América Latina y el Caribe (LAC), pero
allí se concentra casi la mitad de las inversiones
norteamericanas en la región latinoamericana,
más del 70% de los negocios interamericanos,
cerca del 60% de la presencia de la banca norteamericana
en la región y cerca del 85% de la inmigración
latinoamericana a los Estados Unidos. Las naciones
del MERCOSUR constituyen el 45% de la población
de LAC, cerca del 60% del PIB de LAC, más del
40% (y la tendencia es a aumentar) de las inversiones
norteamericanas y considerablemente menos del 10% de
la inmigración latinoamericana a los Estados
Unidos. Las perturbadas naciones de la región
Andina, representan casi el 22% de la población
latinoamericana, exactamente el 13% del PIB, cerca
del 10% de las inversiones norteamericanas, menos del
15% de los negocios entre Estados Unidos y América
Latina, pero casi toda la cocaína y heroína
importada a los Estados Unidos.
Las diferencias entre los países de la región
en su relación con los Estados Unidos tienden
a ser mayores con el tiempo. Por ejemplo, aquellos
países de América Latina y el Caribe,
en la región de la cuenca del Caribe y la costa
norte de Suramérica, que en 1980 enviaban a
los Estados Unidos el 40% de sus exportaciones, hoy
exportan todavía más hacia ese mismo
destino. Los países de América Latina
que enviaron menos del 30% de sus exportaciones a los
Estados Unidos en 1980, hoy exportan todavía
menos.
Por supuesto, la explicación principal es la
geográfica, es decir, la proximidad. Pero la
geografía es una constante y la proximidad ya
no debería ser tan significativa, dados los
avances de la tecnología. Las políticas –la
Iniciativa de la Cuenca del Caribe, el Acuerdo de Libre
Comercio de Norteamérica, y ahora el Área
de Libre Comercio de América Central y República
Dominicana- han venido reforzando un modelo marcadamente
diverso de relaciones con los Estados Unidos. La Cuenca
del Caribe y el Cono Sur se están desplazando
de manera diferente en cuanto a Estados Unidos se refiere
y el arco andino de crisis sigue por un sendero también
diferente.
7. La naturaleza y la dinámica de las relaciones
de Estados Unidos con México, América
Central y el Caribe deviene aún más excepcional.
Los Estados Unidos tienen una más aplastante
influencia económica, cultural y política
en toda su frontera, debido por un lado a la inmigración
y por el otro, a una mejoría impresionante de
las redes de comunicación y transporte. De la
misma manera, las crecientes diásporas mexicana,
centroamericana y caribeña, están cambiando
de manera irreversible, el perfil de las relaciones
entre los Estados Unidos y sus vecinos más cercanos.
Políticos, estrategas de negocios, anunciantes,
banqueros, empleados, sindicalistas, educadores, agentes
del orden y personal medico, todos saben que son porosas
y hasta ilusorias las fronteras entre los Estados Unidos
y sus vecinos más cercanos. Es difícil
definir la frontera funcional entre la América
latina y la América anglo, pero con toda seguridad
está situada al norte de San Diego en el oeste
y Miami al este.
Las remesas enviadas por las diásporas son
vitales para las economías de México
y muchas naciones de América Central y el Caribe.
En México, las remesas alcanzaron la suma de
$16 mil millones de dólares en el 2004 y dentro
de poco llegarán a los $20 mil millones anuales,
casi tanto como las inversiones directas. En América
Central y la República Dominicana, las remesas
sobrepasan como fuente de capital el monto por inversiones
extranjeras y la ayuda económica. Las contribuciones
a las campañas políticas y los votos
de las diásporas son esenciales para la política
local ese esos países, al mismo tiempo que se
constituye en factor creciente en la política
norteamericana la participación electoral de
los inmigrantes naturalizados. Pandillas juveniles
y líderes criminales socializados en los Estados
Unidos causan estragos en sus países de origen,
en numerosos casos, luego de ser deportados por los
Estados Unidos. Las pandillas hispanas son un elemento
inevitable en Los Ángeles y otras ciudades norteamericanas.
En los próximos 25 años, las naciones
del Caribe y América central, incluyendo a la
República Dominicana, probablemente quedarán
más absorbidas dentro de la órbita norteamericana,
tanto por las tendencias subyacentes como por políticas
como el acuerdo DR/CAFTA. Utilizarán el dólar
como su moneda informal, y en muchos casos como la
oficial; estarán enviando el grueso de sus exportaciones
a los Estados Unidos, dependiendo en gran medida del
turismo, inversiones, importaciones y tecnologías
norteamericanas; absorbiendo la cultura popular y la
moda norteamericanas, pero también influyendo
sobre la cultura popular de la metrópoli, formando
jugadores de béisbol para las ligas mayores
norteamericanas y quizás, eventualmente creando
sus propios equipos. Seguirán enviando emigrantes
hacia el norte y muchos aceptarán como residentes
a un creciente número de jubilados norteamericanos.
Ciudadanos y redes transnacionales crecerán
en importancia en toda la región. Todas esas
tendencias sin duda que incluirán a Cuba, a
lo mejor más temprano que tarde.
8. Las cuestiones que se derivan directamente de la
excepcional y creciente interpenetración mutua
entre los Estados Unidos y sus vecinos más cercanos –inmigración,
narcóticos, tráfico de armas, lavado
de dinero, respuesta a los huracanes y otros desastres
naturales, protección del medio ambiente y la
salud pública, aplicación de las leyes
y administración fronteriza- plantean desafíos
complejos a la hora de fijar políticas. Estas
cuestiones “intermesticas”-mezcla de internacional
y doméstica- son de difícil manejo. El
proceso político democrático, tanto en
los Estados Unidos como en los países vecinos,
impulsa la elaboración de políticas en
ambos lados y en direcciones que a menudo son diametralmente
opuestas a lo necesario para garantizar la cooperación
internacional exigida para resolver, o al menos lidiar
con problemas que trascienden las fronteras. Un ejemplo único
en ese sentido, es el proceso de “certificación” con
relación a las drogas.
Este dilema – que las políticas más
atractivas para el público local a menudo tienden
a interferir con la necesaria cooperación internacional-
no puede ser superado fácilmente y no está limitado
a los Estados Unidos. El impulso a cargar la responsabilidad
sobre el otro lado de la frontera cuando hay dificultades
y a revindicar la “soberanía”, incluso
cuando esto está ausente en términos
prácticos, es recíproco e interactivo.
Esta preocupante y contraproducente dinámica
probablemente se intensificará en los próximos
años, precisamente en el marco de las más
intimas relaciones interamericanas, es decir, entre
los Estados Unidos y sus vecinos más cercanos.
9. Sin embargo, resulta irónico que la ocurrencia
de cumbres en las relaciones interamericanas –como
a la que asistirá a finales de esta semana el
Presidente Fernández, en Mar del Plata- florece
en una época en que las políticas de
alcance regional tienen menos sentido. Debido a las
crecientes diferencias entre los países de América
Latina y el Caribe –y especialmente por la acelerada
y funcional integración económica y demográfica
de México, América Central y el Caribe
con los Estados Unidos- las cumbres de todos los países
de las Américas están condenadas a quedarse
en el insignificante nivel de las exhortaciones y a
limitarse a cuestiones de segundo y tercer orden. Estas
cumbres periódicas obligan a dirigentes importantes
del gobierno norteamericano a prestar atención,
aunque sea por corto tiempo, a las relaciones interamericanas.
Pueden también ser útiles para el establecimiento
de relaciones y formas de comunicación que podrían
ser importantes en el futuro, además de brindar
un buen escenario para las fotos de todos los participantes.
Pero fuera de eso, lo más probable es que no
produzcan gran cosa. Esto no debe confundirse con los
esfuerzos serios para resolver cuestiones importantes.
10. Comparado con lo que era hace cuarenta años,
o de hecho, con el siglo pasado, los puntos principales
en las relaciones entre Estados Unidos y América
Latina, tienen poco que ver con la seguridad y la geopolítica
y menos aún con la ideología, al menos
en un obvio sentido político. Las cuestiones
de seguridad, geopolítica e ideología,
inscritas en un contexto de competencia mundial, tendían
a involucrar a Estados Unidos generalmente en un sentido
regional, pero hoy, las agendas son mucho más
específicas y locales. Las preocupaciones norteamericanas
con América Latina hoy tienen sobre todo que
ver, por un lado, con comercio, finanzas, energía
y otros recursos. Y por el otro lado, con el manejo
de problemas comunes que no pueden ser resueltos por
un país actuando solo, como medidas antiterroristas,
contrarrestar el tráfico de drogas y de armas,
protección de la salud pública y el medio
ambiente y el manejo de la inmigración. Con
relación a todas estas cuestiones transnacionales
o “intermesticas”, los elementos de cooperación
y conflicto se combinan en las Américas de forma
tan compleja, que no necesariamente se corresponden
con los marcos nacionales. En nuestros días,
para lidiar con las cuestiones de mayor importancia
en las relaciones entre América Latino y Estados
Unidos, se requieren coaliciones de participantes nacionales,
transnacionales y multilaterales.
Estos diez telegráficos puntos, simplificados
en aras de la concisión, se agregan a un modelo
de las relaciones interamericanas muy diferente al
vivido aquí en los años 60, 70 u 80.
A veces, para estar seguros, el modelo se asemeja
superficialmente o tiene reminiscencias, como cuando
los Estados Unidos sustituyen “terrorismo” por “comunismo” como
un prisma distorsionante a través del cual percibir
y tratar otras cuestiones, tales como las drogas o
la inmigración. Igualmente cuando un alto funcionario
norteamericano manifiestamente trata de intimidar a
líderes políticos en Nicaragua, o cuando
miembros del Congreso norteamericano hablan amenazadoramente
de un eje “Castro-Chávez-Lula” o
de una supuesta amenaza china sobre las Américas.
Pero esas similitudes superficiales, son solo eso,
porque vivimos una época nueva y diferente.
Ya la preocupación principal de los Estados
Unidos no es de mantener a la izquierda latinoamericana
fuera del poder y estar dispuestos incluso a intervenir
militarmente para evitar que tomen el poder o lo mantengan.
Es duro imaginarse al Washington de los años
60, acomodándose con líderes políticos
como Lula en Brasil, Ricardo Lagos en Chile, Tabaré Vázquez
en Uruguay o Leonel Fernández en este país,
aunque todos ellos son los herederos directos de los
partidos y líderes contra los cuales Estados
Unidos intervino en esos años. Y si bien Estados
Unidos no es que acepte a Hugo Chávez en Venezuela,
lo más extraordinario son sus aparentes límites
para poder intervenir en contra de él.
En segundo lugar, a diferencia de los años
60, los Estados Unidos ya no pueden contar con la solidaridad
panamericana bajo su liderazgo, cuando se trata de
buena parte de las cuestiones del área internacional.
Esto queda perfectamente ilustrado con el papel jugado
por Chile y México durante los debates en las
Naciones Unidas antes de la invasión norteamericana
al Irak. Y no es el único caso. En otras cuestiones
de gran importancia –subsidios agrícolas,
propiedad intelectual y otros asuntos comerciales,
que van desde el algodón, las flores y el jugo
de naranja hasta los aviones de pasajeros y los productos
en acero- los tratos de Estados Unidos con las grandes
naciones latinoamericanas, especialmente Brasil han
sido hasta de rivalidad, no de aliados automáticos
o de clientes fieles.
Tampoco pueden los Estados Unidos tratar a las naciones
de la Cuenca del Caribe con su histórica actitud
de esporádico compromiso, ignorándolas
la mayor parte del tiempo pero interviniéndolas
cuando pensaba que sus intereses estaban amenazados.
Años atrás yo llamaba a esta histórica
política norteamericana, la “doctrina
Hallmark”, lo que significa que los Estados Unidos
ocasionalmente se preocupaban de manera tal del Caribe
y América Central, que entonces les enviaban “lo
mejor de todo” (los “marines”), de
la misma manera que uno piensa poco en alguna gente
a la que un buen día envía una tarjeta
Hallmark. Robert Pastor, un astuto analista de las
relaciones entre Estados Unidos y el Caribe, describe
ese ciclo como un “remolino”, explicando
que los Estados Unidos a veces se veían metidos
en el remolino caribeño, pero generalmente se
mantenían del lado de afuera.
Hoy, sin embargo, los Estados Unidos están
necesariamente vinculados a sus vecinos de la Cuenca
del Caribe, unas veces más que otra, en numerosas
cuestiones que se desprenden de la creciente interdependencia
alimentada por las migraciones. Cuando me preparaba
para esta visita, leí la memoria que escribió Bernardo
Vega de su experiencia como embajador dominicano en
Washington y que ilustra perfectamente lo que digo.
El control del precio de alquiler en Nueva York, preocupa
tanto al embajador dominicano en los Estados Unidos
como los numerosos detalles de la vida diaria preocupan
al embajador norteamericano en Santo Domingo.
Es importante que reconozcamos estas nuevas realidades
y que mentes notables en la República Dominicana
y en otros lugares de la Cuenca del Caribe –y
de México- piensen creativamente a la hora de
analizar lo que significa la creciente integración
funcional de México, América Central
y el Caribe, con los Estados Unidos.
Ahora no estoy hablando esencialmente de complejas
teorías sobre la definición de lo que
es nación e identidad, o del significado de
soberanía y ciudadanía, aunque sean fascinantes
cuestiones de las que se ocupan muchos de mis colegas
académicos.
Más bien me refiero a cuestiones de orden práctico
como las que siguen:
¿Cómo podemos garantizar que los hijos
de los inmigrantes indocumentados se beneficiarán
de la adecuada inversión en su educación,
que va desde el jardín infantil (kindergarten)
a la universidad y el post grado, lo que no les beneficia
solo a ellos sino a la nueva comunidad, que necesita
una fuerza de trabajo y una ciudadanía educada
y capaz?
¿Cómo pueden las autoridades profesionales
de los Estados Unidos, los estados de la unión
americana y las comunidades locales trabajar efectivamente
con sus contrapartes de México, América
Central y el Caribe para que mejora la seguridad humana
de los ciudadanos y sean protegidos los derechos de
todos, en lugar de complicarle el trabajo a los demás,
exacerbar la inseguridad personal y pisotear los derechos
individuales, tal como tan a menudo ocurre actualmente?
¿Qué tipo especial de arreglos, infraestructura
y servicios deben ser considerados para facilitar el
retiro de jubilados norteamericanos en países
vecinos, lo que redundaría en beneficio tanto
para ellos como para los países receptores?
¿Qué se puede hacer para mejorar la
representación de las personas transnacionales
que viajan de un lado a otro, entre sus países
de origen y los Estados Unidos y actúan en sus
centros de trabajo, vecindarios y la sociedad civil
de ambos países, sin poder participar activamente
en la política de ninguno de los dos países?
De manera más general, ¿qué tipo
de integración funcional se requiere en términos
de visión, de política, instituciones,
recursos y modos de gobernar?
• ¿Cómo serán afectados
estos procesos integracionistas por nuevos cambios
en la economía global y en las formas y modelos
de producción?
•
¿Cómo afectarán a instituciones
que fueron diseñadas para una era y preocupaciones
diferentes?
•
¿Cómo pueden los vecinos cercanos de Estados
Unidos proteger las ventajas competitivas que se desprenden
de esa cercanía y de la interpenetración
de un mundo globalizado, sin perder mayor control de
sus destinos?
•
¿Cómo esa creciente integración
funcional con los Estados Unidos afectará sus
relaciones con Europa y Asia, dado el papel que juegan
estas regiones en la economía mundial?
•
¿Qué papel pueden y deben jugar las diásporas? ¿Cómo
pueden ser movilizadas en su condición de recurso
y puente, tal como trata de hacerlo este país
bajo la iniciativa del Presidente Fernández, sin
dejar de considerar el nuevo compromiso que asumen por
vivir en los Estados Unidos?
En este contexto también es importante incorporar
nuevas formas de pensar sobre el futuro de la mayor
de las islas caribeñas, Cuba. ¿Cómo
nos afectará a todos la reintegración
de Cuba a relaciones normales con los otros países
de la región y cuál será y deberá ser
el papel de la diáspora cubana en ese proceso?
La gente ha estado hablando durante décadas
acerca de la “normalización” de
las relaciones de Cuba y los Estados Unidos y otros
países de la región, pero “normalización” con
seguridad no significará volver al modelo anterior
a la revolución cubana. ¿Cuál
será el papel de Cuba después de Castro?
Igualmente quizás sea también el momento
de inclinarse sobre el tema de Puerto Rico y su estatus
en un contexto regional cambiante.
Confío en que FUNGLODE será uno de los
centros importantes educando y promoviendo la discusión
de estos temas en los próximos cinco años
y más allá. Les deseo lo mejor en esto
y en sus otros objetivos.
Gracias por darme la oportunidad de compartir con
ustedes algunas ideas. Esperemos ahora un poco de discusión.
Noticia relacionada
PALABRAS
DE PRESENTACIÓN DE BERNARDO VEGA
CHARLA DE ABRAHAM LOWENTHAL EN FUNGLODE
MARTES, 1 DE NOVIEMBRE DEL 2005
>Portada
|