PRÓLOGO
La República Dominicana es uno de los pocos países de América Latina y el Caribe que ha logrado obtener crecimiento económico en los últimos 25 años, reduciendo la brecha de ingreso que existe entre el país y el mundo desarrollado. Hoy por hoy el país se encuentra sólidamente posicionado entre las naciones de mediano ingreso. Más importante todavía es el hecho de que el sobresaliente rendimiento económico de la década de los 90 sugiere que la República Dominicana puede aspirar a posiciones inclusive más altas. No obstante, el éxito de los años 90 no ha sido suficiente para erradicar la pobreza, ni para llevar servicios básicos, tales como educación y salud, a una gran mayoría de la población. Quedan muchos retos por delante y la reciente crisis financiera es un claro y evidente recordatorio de que muchos problemas fundamentales permanecen sin resolver, prestos a desatar un desorden económico provocado por choques externos o políticas domésticas inadecuadas.
En mayo de 2001, unos colegas míos y yo nos reunimos con un selecto grupo de empresarios dominicanos, bajo el liderazgo del Presidente Leonel Fernández, en el Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard (Center for International Development (CID)) en una jornada que duró todo un día, con la intención de tratar posibles soluciones a los retos que enfrenta la República Dominicana. Uno de los logros de este encuentro fue el estudio de Harvard sobre la Iniciativa Dominicana, un proyecto de investigación financiado por empresarios dominicanos a través de la Fundación Global Democracia y Desarrollo. Esta iniciativa abarcó el estudio a fondo de varios aspectos de la economía dominicana, con el objeto de establecer una lista de prioridades y recomendaciones de políticas destinadas a promover y sostener el progreso económico en el país. Desde el principio, era evidente que no debíamos tratar de diseñar una estrategia de desarrollo a gran escala; por tanto, nos concentramos, más bien, en unos cuantos puntos en los cuales todos coincidimos que eran cruciales para la competitividad del país y a los cuales no se les había prestado la debida atención. Áreas tales como la política macroeconómica, la estabilidad financiera, e inclusive políticas sociales claves, como por ejemplo la salud pública, fueron dejadas fuera de nuestro proyecto, muy a pesar de que nuestro diagnóstico inicial también identificó las principales debilidades en esas áreas. Actualmente, en una segunda fase de este proyecto que se está llevando a cabo en el Centro para la Globalización y el Desarrollo Sustentable (CGSD) del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, se están tratando algunos de estos temas.
En un período de poco más de un año, un grupo de investigadores del CID interactuó de manera intensa con sus homólogos en la República Dominicana, reuniendo datos, evaluando hipótesis y generando propuestas y diagnósticos preliminares. Les presentamos nuestros resultados a los actores interesados ( stakeholders ) del país, tomando en cuenta sus opiniones y promoviendo el intercambio de opiniones sobre los temas de investigación.
El proyecto estaba organizado en cuatro grupos separados. El primero, bajo la dirección de Joaquín Vial, hizo una extensa evaluación de la competitividad y procedió a examinar sectores específicos y actividades con un papel clave en la competitividad del país. Un segundo grupo, dirigido por Geoffrey Kirkman, evaluó qué tan preparada está la República Dominicana para la revolución de la tecnología de información. El tercer grupo, con Robert Jensen a la cabeza, se concentró en el sistema educativo y en los problemas que enfrentan las familias y sus hijos para obtener una mejor educación. El cuarto y último grupo, dirigido por Sara Sievers, se encargó de examinar cuidadosamente los desafíos para el desarrollo del sector privado, con énfasis en el desarrollo de la pequeña y mediana empresa y en las nuevas empresas o negocios de riesgo.
En su evaluación general de la competitividad en República Dominicana, Joaquín Vial hace notar las muchas paradojas de la economía dominicana. Aunque el sector turístico y el industrial en las Zonas Francas tienen la capacidad de competir exitosamente en los exigentes mercados internacionales, amplios sectores de la economía se encuentran aislados del comercio internacional y su productividad es más bien baja. De igual forma, aunque algunos tienen acceso a los mercados de capital extranjeros, la mayoría de los negocios locales dependen de un débil y subdesarrollado sistema financiero. Los turistas tienen acceso a facilidades de la más alta categoría, sin embargo la mayoría de los dominicanos vive bajo deficientes condiciones sanitarias y de infraestructura y servicios públicos que sistemáticamente fracasan en el suministro de servicios claves.
Esta heterogénea economía ha logrado producir el mejor rendimiento en el crecimiento económico en el Hemisferio Occidental durante los años 90. No obstante, tal como señaló Vial, este proceso no continuará si esta moderna República Dominicana no llega a la gran mayoría de su población que vive en las zonas más pobres, aisladas y (mal) protegidas que la rodea. Un desafío clave es el establecimiento de mejores instituciones públicas como una forma de ofrecer ingredientes claves para tener éxito en una economía moderna: protección de los derechos de propiedad, un ambiente macroeconómico estable y una red de protección para los pobres y vulnerables de manera que tanto ellos como sus hijos puedan gozar de cierto grado de seguridad económica y puedan integrarse exitosamente a los sectores modernizados de la economía. El sector turístico, con su significativa contribución a la reciente prosperidad del país, es altamente vulnerable a las fallas en el suministro de los servicios públicos y protección a los derechos de propiedad.
Las Zonas Francas han sido el centro del exitoso rendimiento del sector industrial en la República Dominicana. Los empresarios dominicanos al igual que los inversionistas extranjeros no perdieron tiempo en sacar provecho a la mano de obra barata y al acceso privilegiado al mercado estadounidense. Sin embargo, actualmente se encuentran frente a grandes desafíos por parte de los nuevos competidores de Asia y Centroamérica, cuyos costos de mano de obra son mucho más baratos, además de que también están teniendo un mejor acceso a los mercados mundiales. Los empresarios dominicanos están conscientes de estos retos y se están adaptando a ellos, sin embargo, les resultará difícil salir adelante si la mayor parte de la economía dominicana se queda rezagada en términos competitivos. Se necesita más capital (humano y físico, especialmente equipos e infraestructura) para aumentar la productividad. De nuevo, esto requerirá de una mayor reforma a las instituciones y al sector público.
El trabajo que dirigió Sara Sievers sobre el desarrollo del sector privado tocó dos temas importantes para la República Dominicana. Uno de ellos explora los canales que utilizan las medianas y pequeñas empresas (PYMES) para acceder a los recursos financieros. Las conclusiones a las que llegaron son compartidas por muchos otros países en desarrollo: las PYMES tienen poco acceso a los mercados financieros y las políticas destinadas a mejorar el acceso han sido contraproducentes e ineficientes. El alto costo del crédito desestimula a los empresarios y entorpece su desarrollo. La modernización del sistema financiero es una condición imprescindible para poder llegar a este segmento del sector privado, de lo contrario las intervenciones públicas resultarán muy costosas y difíciles de manejar. Las recomendaciones sobre políticas concretas que se han hecho en estos trabajos merecen ser consideradas en estos momentos en que la actual crisis financiera brinda la oportunidad de introducir reformas en esta área.
El otro trabajo realizado por este grupo presenta una propuesta para el desarrollo del capital de riesgo en la República Dominicana. Este es un aspecto clave para la innovación y el desarrollo de nuevas actividades competitivas en cualquier nación. La República Dominicana, con sus sólidos y fuertes lazos con la comunidad financiera de los Estados Unidos, se encuentra en una posición favorable para experimentar y encontrar nuevas maneras para desarrollar este tipo de mercado. De igual forma, este trabajo ofrece un minucioso análisis de modelos alternativos y opciones de políticas y concluye con recomendaciones específicas que exigen una participación activa por parte de las instituciones estatales en el desarrollo de este mercado.
Por su lado, Geoffrey Kirkman junto a su equipo analizaron cuidadosamente la preparación de la República Dominicana para el mundo interconectado, dedicando gran parte del tiempo al trabajo en campo para poder apreciar el desenvolvimiento de las entidades públicas y privadas y su uso real de las tecnologías de información y comunicación (TIC). Su principal conclusión es que la adopción de tecnologías de información y comunicación refleja la heterogeneidad del desarrollo dominicano. Las modernas entidades urbanas tienen acceso al Internet y a las redes avanzadas, mientras la gran mayoría de la población, particularmente en las zonas rurales, tiene un acceso limitado, incluso a los servicios telefónicos básicos. Perciben el compromiso que tiene la nación en cuanto a la adopción de la revolución de las TIC, sin embargo, al mismo tiempo llegaron a la conclusión de que un gran “vacío de liderazgo” en esta área está retrasando el proceso. La actual crisis económica agrava una situación que de por sí es ya difícil. Los problemas comunes también aquejan a los países con bajo y mediano ingreso: la incidencia de la pobreza, las desigualdades urbanorurales, la debilidad de las instituciones y la corrupción, la falta de infraestructura, especialmente en el sector energético, etc. Igualmente, este grupo destaca la rapidez con la que los segmentos de la sociedad moderna han adoptado las tecnologías de información y comunicación así como la conmoción que el progreso tecnológico ha generado: son estos claros indicios de esperanza.
Finalmente, el grupo liderado por Robert Jensen exploró los vínculos entre la educación y los mercados laborales, con especial enfoque en las decisiones sobre la inversión en el aspecto educativo a nivel de los hogares. Hicieron un minucioso estudio de los hogares, el cual generó interesantes conclusiones. Una de las conclusiones claves destaca la enorme brecha entre el retorno real de la inversión en educación a todos los niveles y los retornos que se perciben. A nivel de la educación básica, por ejemplo, el retorno real es de un 22%, sin embargo la gente recibe un escaso 4%: evidentemente un retorno insuficiente para impedir que la juventud abandone los estudios para dedicarse a las labores domésticas o al empleo informal. En el caso de las jóvenes, el matrimonio parece ser mejor opción que la educación. De ahí que la recomendación clave del estudio sea la de promover que se exija la educación, llevando una mejor información sobre las oportunidades que pierden aquellos que deciden abandonar los estudios.
El estudio abarcó también el mercado laboral desde el punto de vista de la demanda y encontraron que entre los empresarios existe una convicción generalizada en cuanto a que el sistema educativo no está cumpliendo con su tarea. Sin embargo, cuando profundizamos en detalles específicos, parece ser que se cuenta con trabajadores que poseen las destrezas que más se requieren, con excepción de destrezas técnicas superiores. Este estudio también determinó que la empresa está haciendo un aporte significativo a la educación y capacitación. El trabajo concluye con una serie de propuestas específicas para la acción con respecto a las políticas.
Este volumen presenta las principales conclusiones del proyecto en un momento en que se da una importante coyuntura en la reciente historia dominicana. Como es tristemente sabido por todos, una deuda pública cada vez más grande y serias deficiencias estructurales en el sistema financiero combinado con un deterioro en la economía internacional han provocado una gran crisis financiera en el país. Como ha sucedido tantas veces en el pasado en América Latina, las emergencias a corto plazo están echando a un lado el análisis crítico y las iniciativas sobre políticas que se necesitan para colocar al país en una trayectoria sustentable para dejar atrás la pobreza y el subdesarrollo. En un momento en que la joven y luchadora democracia dominicana está entrando en un nuevo período de elección presidencial, resulta particularmente importante llevar los puntos tratados en este proyecto a un debate público más amplio, de manera que los líderes de la nación hagan frente a las conclusiones a las que arribó este estudio y las incorporen en sus conversatorios sobre políticas y hagan uso de ellas para enriquecer las propuestas que van a ser presentadas al pueblo dominicano en los meses venideros. Nuestro más sincero deseo es que las ideas en este volumen puedan servir en el mundo real, marcando una diferencia en el bienestar de un pueblo maravilloso y que bien se lo merece, como es el pueblo dominicano.
Pese a que son muchas nuestras deudas de agradecimiento por la ayuda prestada a lo largo de este proyecto, sólo podemos mencionar algunas. FUNGLODE, bajo el liderato del Dr. Leonel Fernández y con el entusiasmo y esfuerzo de Natasha Despotovich, María Elizabeth Rodríguez y todos los miembros de esa maravillosa organización, fue un extraordinario compañero y colega en este esfuerzo. Sin ellos, este proyecto no hubiese nunca comenzado ni terminado. En cuanto al Centro para el Desarrollo Internacional, Eric Driggs jugó un papel clave como nuestro punto de contacto en el país, organizando toda la labor en campo y adoptando un rol activo en la labor real de investigación, tanto en el proyecto de educación como en el de la preparación para las TIC. Geoffrey Kirkman, por su parte, fue el encargado de arrancar el proyecto y le dio un empuje crucial a esta iniciativa desde el mismo momento de sus inicios, mientras que Joaquín Vial lo llevó a través de la fase de implementación. Este proyecto no hubiese llegado muy lejos de no haber sido por los innumerables empresarios, organizaciones y funcionarios del sector público que estuvieron dispuestos a colaborar con nosotros y nos permitieron escrutar sus empresas, además de ofrecernos opiniones y sugerencias entusiastas para mejorar nuestro trabajo. Finalmente, pero no menos importante, queremos agradecer la generosidad y sabiduría de los miembros del sector privado que donaron los fondos para financiar este proyecto. Su aporte es exactamente el tipo de colaboración que se necesita para que el desarrollo se convierta en una realidad. Esperamos que las acciones y el comportamiento que sean influenciados por este trabajo obren a la misma altura de su generosidad.
Jeffrey D. Sachs
Director, Instituto de la Tierra, Universidad de Columbia |