|

“La
nueva inmigración y la crisis
de los modelos
de integración
Por Carlos Segura
Las protestas de los jóvenes de origen inmigrante
que recientemente se han producido en los suburbios
de las principales ciudades de Francia, hablan una
vez más de la poca efectividad de los esquemas
de integración concebidos en las sociedades
receptoras, tanto de América del Norte como
de Europa, para la integración armoniosa de
la nueva inmigración proveniente de Asia, África,
América Latina y el Caribe.
En Estados Unidos, el modelo de la “anglo-conformidad”,
basado en la supuesta superioridad de las instituciones
anglosajonas y de su capacidad para asegurar que los
inmigrantes irían abandonando paulatinamente
su cultura de origen y se asimilarían finalmente
a la sociedad norteamericana (“meling pot”),
entró en crisis a principios de los años
sesenta.
Hasta ese momento, representación social de
la integración de la inmigración de origen
europeo fue siempre la de la promoción social
de una generación a otra. América del
Norte se pensó siempre como una sociedad en
permanente cambio, donde las posibilidades de los inmigrantes
fueron generalmente idealizadas.
Nuevos acontecimientos vinieron, sin embargo, a cuestionar
esta representación. En efecto, el resurgimiento
de la movilización étnica de generaciones
de inmigrantes de origen eslavo y mediterráneo
y el movimiento por los derechos civiles de los negros
evidenciaron que la etnicidad era mucho más
persistente de lo que inicialmente habían pensado
los primeros sociólogos que estudiaron las condiciones
de vida y el porvenir de los inmigrantes (R. E. Park
et E. W. Burguess, “Introduction of the Science
of Sociology”, Chicago, University of Chicago
Press, 1921).
Más aún, otros investigadores (N. Glazer
et D. P. “Moyniham, Beyond the Melting Pot: The
Negroes, Puerto Ricans, Jews, Italians and Irish of
New York City”, N. Y. M.I.T. Press, 1963) constatan
que la etnicidad se había convertido incluso
en una categoría más importante que la
clase social, que ésta era más utilizada
en la lucha por el poder, por la asignación
de recursos y el estatus.
Este resurgimiento de la etnicidad forzó a
un cambio de modelo, que si bien hizo su prueba en
el caso de las generaciones de origen eslavo y mediterráneo,
no lo ha hecho en el caso de los hijos de los inmigrantes
no europeos, que comenzaron a llegar a América
a partir de 1965.
Desde principios de 1980, los hijos de los inmigrantes
asiáticos, africanos, latinoamericanos y caribeños,
comenzaron a estar listos para entrar al mercado de
trabajo, pero su porvenir está lejos de ser
el de la promoción social y de la final asimilación
a la sociedad norteamericana (ver los trabajos de H.
Gans, Second Generation Decline: “Scenarios for
the Economic and Ethnic Future of the post 1965 American
Immigrations, Ethnic and Racial Studies”, vol.
15, no. 2, 1992, pp. 173-192).
Esta nueva inmigración, mucho más diversificada
desde el punto vista racial y étnica, ve hoy
reducidas sus posibilidades de promoción social
y tendrá, sin duda, mucha más dificultad
para fundirse en la mayoría que los hijos y
nietos de italianos, griegos y portugueses.
El nuevo modelo que se impone luego de este resurgimiento
de la etnicidad, si bien ha permitido a generaciones
de inmigrantes su integración a la sociedad
norteamericana, vía los enclaves étnicos
que ha contribuido a reforzar, está hoy asistiendo
al mismo tiempo a la marginalización de muchos
miembros de esta nueva inmigración.
Multiculturalismo canadiense
En cuanto al multiculturalismo canadiense, que tiene
bastante similitudes con el resurgimiento de la etnicidad
en Estados Unidos (los dos se desarrollan en el curso
de los años sesenta, en respuesta a cambios
sociales y políticos que se operan en ambos
países), tiene la particularidad de que el
reconocimiento de esta etnicidad se hace dentro de
una sociedad en principio bicultural.
Los trabajos de la Comisión Real del Bilingüismo
y Multiculturalismo, establecida por el gobierno de
Pearson en 1963, colocaron en el centro del debate
la siguiente cuestión: “Si reconocemos
a los canadienses franceses el derecho de preservar
su cultura y su identidad, ¿porque no reconocer
esos mismos derechos a otros grupos?” Es en respuesta
a esta cuestión que el gobierno de Trudeau introduce
en 1971 la política del multiculturalismo. Obviando,
de esta forma, que los canadienses franceses, a diferencia
de los diferentes grupos de inmigrantes, son uno de
los pueblos fundadores del país. Es evidente
el deliberado propósito de esta política
de debilitar a Québec, vía el fortalecimiento
de la presencia inmigrante.
Desde esa época, la influencia del multiculturalismo,
tanto como ideología como paradigma científico,
no cesa de crecer en Canadá. En esta perspectiva
se han realizado grandes estudios. El primero de ellos,
el de la Metropolitan Toronto Sample Survey (ver A.
Richmond, “Ethic Residential Segregation in Metropolitan
Toronto, Toronto, York University, Institute for Behavioral
Research”, 1972), fue realizado ente 1969 y 1970,
a partir de una muestra representativa de hogares eslavos,
judíos e italianos del Toronto metropolitano.
Si bien los resultados de este estudio revelan una
tendencia progresiva a la asimilación en las
diferentes generaciones de inmigrantes de los tres
grupos considerados en lo que concierne el lugar de
residencia, lengua de uso, características de
la red de amigos y matrimonios interétnicos,
otro estudio posterior sobre la persistencia de la
etnicidad en las diferentes generaciones de inmigrantes,
realizado por R. Breton y otros autores (ver R. Breton
, W.W. Isajiw, W.E. Kalbach y J. G. Reitz, Ethnicity
and Equality: “Varieties of Experience in a Canadian
City”, Toronto, University of Toronto Press,
1990), que aborda siete grupos étnicos diferentes
de la ciudad de Toronto (cuatro grupos pertenecientes
a antiguas migraciones, alemanes, italianos, judíos
y ucranianos, y tres grupos de inmigración reciente,
chinos, portugueses y antillanos) arroja resultados
diferentes.
El primer grupo muestra un alto grado de integración
a la sociedad receptora en todas las dimensiones consideradas
(remuneración, percepción de aceptación
de los vecinos y de la sociedad en general, etc.),
pero esto no es siempre el caso del segundo grupo.
Al igual que en el Canadá inglés, también
en Québec se desarrolló un modelo de
nación que reposó, a pesar de los particularismos,
en la misma visión de homogeneidad nacional,
que no reconocerá más que el carácter
bilingüe y bicultural del Estado nación
(Québec).
El abandono de una visión esencialista de la
nación, que excluye al extranjero, llega a Québec
con un cierto retardo. No es hasta principios de los
años ochenta que Québec se compromete,
a pesar de la oposición a la política
canadiense de multiculturalismo, a implementar una
política de reconocimiento del particularismo,
pero insistiendo sobre todo en la necesidad de integración
de esta diversidad.
Es así que se desarrolla el interculturalismo,
contrapartida del multiculturalismo canadiense que
insiste sobre todo en la integración dinámica
entres las minorías y la mayoría y en
el desarrollo de capacidades que permitan a los individuos
sobrepasar las fronteras de su propia cultura.
Con la creación del Ministerio de Comunidades
Culturales y de la Inmigración, en 1981, se
produce en Québec un significativo desarrollo
de la investigación sobre la cuestión étnica.
Entre esos estudios es particularmente interesante
el de Anne Laperriere (“Relations interethniques
et tensions identitaires en contexte pluriculturel »,
Santé Mentale au Québec, vol. XVII, no.
2 (1992). Pp. 133-156), el cual aborda grupos de jóvenes
italianos y haitianos que frecuentan escuelas de barrios
multiétnicos de la ciudad de Montreal.
Los datos de este estudio revelan que los jóvenes
italianos no viven tensiones identitarias intensas;
no así los jóvenes haitianos, para quienes
la construcción de la identidad es una tarea
mucho más ardua. Estos jóvenes viven
intensas tensiones provocadas esencialmente por racismo
de la sociedad banca que afecta la imagen que ellos
se forman de sí mismo.
Ideología nacional unitaria
Del otro lado del Atlántico, donde otras perspectivas
han orientado el tratamiento de la inmigración
y de la etnicidad, los resultados no son más
alentadores. Francia, que se ha pensado siempre como
una nación de inmigrantes, durante mucho tiempo
ignoró a éstos. La existencia de una
ideología nacional unitaria, a la cual han contribuido
los historiadores, es uno de los principales elementos
a la base de esta actitud.
Desde las primeras olas migratorias del siglo XIX,
el Estado francés adoptó una política
asimilacionista. Pero en una sociedad donde no se reconoce
el rol de la inmigración en la constitución
de la nación, esta política no tiene
nada que ver con el “melting pot” americano.
En este contexto, la noción de asimilación
toma otra connotación, asociada al periodo colonial
y, por consiguiente, es una connotación mucho
más negativa que en América del Norte.
Este esquema, que a juzgar por las investigaciones
de Oriol y Campani y Catani (ver M. Oriol, “Les
variations de l’identité : Etude de l’évolution
de l’identité culturelle des enfants d’immigrés
portugais en France et au Portugal”, Université de
Nice, IDERIC, VOL. II, 1988 y G. Campani y Catani, “Les
réseaux associatifs italiens en France et les
jeunes”, Revue européenne des migrations
internationales, vol. I, no. 2, 1985), no parece haber
sido cuestionado por los inmigrantes de origen europeos,
particularmente portugueses e italianos, pero sí por
los nuevos inmigrantes de origen árabe y africano.
Mientras Oriol, en su investigación sobre la
identidad nacional y/o cultural de los jóvenes
portugueses, constata que nada, ni en sus observaciones
ni en su discurso, permite pensar que la “doble
pertenencia” que expresan los jóvenes
objetos de su estudio los expone a conflictos o problemas
sicológicos, los jóvenes de origen magrebí estudiados
por Malewska-Peyre (H. Malewska-Peyre et coll : « Crise
d’ídentité et déviance chez
les jeunes immigrés, París, La documentation
française, 1982) no viven siempre esta “doble
pertenencia” de la manera confortable y no dramática
observada por Oriol y Campani y Catani.
Éstos, minoría racial y culturalmente
visible y generalmente pertenecientes a las clases
desfavorecidas, están más expuestos al
racismo y con frecuencia terminan interiorizando las
etiquetas asignadas por la mayoría blanca.
Los resultados de estas investigaciones datan de principios
los años ochenta, pero el modelo de integración
francés, basado en un universalismo que rechaza
las diferencias -lo que quedó una vez más
evidenciado cuando se prohibió en las escuelas
el manto islámico y otros símbolos de
afiliación religiosa-, permanece inalterable.
Alain Touraine (« Les français piégés
par leur moi national », Le Monde, 7-11-05) ha
planteado con justeza que este esquema, que rechaza
el comunitarismo y refuerza la ciudadanía, tiene
el inconveniente de que fortalece el empequeñecimiento
de aquellos que son diferentes y propone que este rechazo
al comunitarismo debe asociarse a un cierto reconocimiento
de las diferencias.
El planteamiento es a simple vista correcto. La dificultad
está en su implementación. El reconocimiento
de las diferencias, una vez trasladadas al plano social,
implica el reconocimiento de las instituciones económicas,
políticas, sociales y culturales necesarias
para la reproducción de esas diferencias y esto
es nada menos que un reforzamiento del comunistarismo
que tradicionalmente ha rechazado la sociedad francesa.
El tema es complejo. Una de las lecciones que podemos
sacar de las recientes protestas- para muchos inimaginables
en el contexto francés- es la urgente necesidad
de adecuar los actuales modelos de integración
a las exigencias de esta nueva inmigración.
He aquí un tema para la agenda de investigación
de las Ciencias Sociales.
*El autor es sociólogo; actualmente ocupa el
cargo de Ministro Consejero de la
Delegación
Permanente de la República Dominicana ante la
UNESCO, París.
>Portada
|